Cuentos
Cumpleaños
El día espeso se abrió ante la ventana. Al levantarse lo primero que él dijo fue: hoy tengo que estar alegre; pateó la ropa sucia como si así alejara sus frustraciones. Salió a comprar un pastel, al regresar lo colocó justo en el centro de la mesa del pequeño comedor, le enterró 45 cerillos a falta de velas, preparo plato y cuchillo. Buscó las cajas de los regalos de las Navidades pasadas, útiles baúles para guardar cartas y fotos familiares. Parecía que todo estaba listo para una gran fiesta: sentado frente al pastel con su sonrisa de gratitud sopló una bocanada raquítica sobre las flamas. Sus manos curiosas arrancaron las envolturas de los obsequios; los ecos en su cabeza repetían:
-¡Que se lo ponga! ¡Que se lo ponga!-
Desesperado se quito la playera para pegarse sobre el torso fotografías y papeles arrugados, lanzando una fugaz mirada al resplandeciente cuchillo.
Subo al metro como a eso de las 3:45 pm, siempre en la misma estación. La merced, y en el vagón de atrás sube un hombre joven, a la primera impresión te das cuenta que no es feo, si no más bien tirándole a galán de cine nacional, pero observando sus pequeños ojos puedes darte cuenta de que no es un tipo cualquiera. Cuando toda la gente se aglutina a su alrededor; él mete la mano izquierda en el bolsillo de su pantalón y algo comienza a despertar dentro, algo que se hincha a la altura de la bragueta.
Los pasajeros distraídos no se dan cuenta de que están siendo utilizados. Esta vez yo quiero participar y me acerco a él, cuando su brazo se mueve rápidamente dentro de la bolsa.
Le arrimo mi cuerpo, y pongo mi brazo junto al suyo; los vagones sufren un fuerte jalón y quedamos a oscuras en medio del túnel que va a Insurgentes, la gente empieza a empujarse, una gangosa voz sale de la bocina explicando que no hay peligro, que fue una simple falla.
Siento el subir y bajar de su brazo contra el mío, con dificultad introduzco mi mano, alcanzo a tocar un miembro erecto y sudado. Él rápidamente saca su mano y me da un puñetazo en la cara, en ese momento nace la luz.
La gente confundida nos abre paso, él se aferra a mi cabellera, y trata de azotare contra el piso. Yo, sin saber que hacer, grito; él también enfurecido grita, -maldita vieja, por que tenias que meter tu asquerosa mano.
Algunas señoras tratan de ayudarme, más sin embargo gozo del dolor que me producen los golpes. El convoy comienza a caminar; nos separan, pero trato de acercarme a él para que me pegue más. Cuando llegamos a la estación salgo empujada por los demás pasajeros.
Ahora busco en cada estación y a cualquier hora a ese hombre joven
Casi un año sin encontrar trabajo, cada domingo me levantaba muy temprano a comprar el periódico, mientras desayunaba café con pan, o si tenia un dinero extra quizás una torta de tamal, buscaba en las muchas hojas del anuncio clasificado un empleo, aveces encontraba alguno en el que tal vez me sentiría agusto, otras ocasiones las hojas se plagaban de ofertas de trabajo extraordinarias, a donde asistía por sobrevivir un día más, para seguir culpando al gobierno, pero quien realmente cree que te van a pagar diez mil pesos al mes. No, nunca olvido en que país vivo. Un pequeño anuncio parpadeaba en medio de una multitud de mentiras:
Se solicita mujer mayor de 20 años,
con preparatoria terminada
para atender librería en el aeropuerto.
Lo tache con la esperanza, de que no fuera una mentira más, parecía perfecto cuando lo pensaba, siempre quise trabajar entre libros, inundar mi cuerpo con su aroma a papel y tinta, además podía como jugar al detective, pues desde hacia algunos meses, salía con un moreno marrón de Nigeria, que según él trabajaba en el aeropuerto contratado por Air France; su vida y lo que realmente hacia aquí era un misterio, cosa que no me importaba, pero que también no dejaba de preocuparme, me imaginaba que quizás en una de esas noches que regresábamos de bailar y mientras el hablaba por teléfono, llegaría la policía , y de una patada tirarían la puerta, entonces yo tendría que cubrir mi desnudez con la sabana y al otro día saldría mi foto en la prensa con el titulo de “La mujer de Tingama”, peligroso falsificador de dólares, o contrabandista de diamantes; quizás la paranoia se encontraba entre la apocalíptica visión de mi mente, y solo fuera uno mas tratando de pasar a los Estados Unidos; la angustia de esos pensamientos que me acosaban se recompensaban al ver el maravilloso contraste de nuestros cuerpos, al oírlo reír, después de repetir en mal español una canción que dice: todog me dicen el negog llogona, negog pego caguinioso…
Así que sin pensar más llame. Como me indicaron mande una solicitud por fax, y varios días después me llamaron para una entrevista,pero ya había dejado de importarme el encontrar trabajo, comenze a vivir de tiempo completo con “mi negrito”, con “mi chile poblano”, dirían mis amigas aquella tarde en un café de Coyoacan, cuando no pude más y les conté las partes XXX de mi relación. Me convertí en su mujer de tiempo completo, en su vagina la cual usaba seis o siete veces al día, la situación me confundía, o yo era irresistible o él era una maquina sexual, había llegado a México con un equipaje que constaba: de dos cadenas de oro de una de las cuales colgaba una cruz, un reloj de oro de 24 kilates y un anillo todos ellos adornados con diamantes.
Esa vida era muy sencilla, viviendo en un hotel, no tenia que recoger la casa, ni lavar ropa, ni hacer comida, solo necesitaba mantenerme con la libido arriba, y cuando salíamos a bailar cuidar que los distribuidores de mariguana, no le vendieran pasto fresco.
Casí un mes después fui llamada a una segunda entrevista para el olvidado trabajo de mis sueños, como siempre Tingama fingió que se iba a trabajar, entre más tiempo pasaba a su lado menos entendía que hacía aquí, de pronto en el hotel de 50 habitaciones en el cual vivíamos se vio ocupado en su totalidad por hermanos africanos, venidos de todas partes del continente, muy simpáticos y muy adictos al sexo y a la yerba, yo no comprendía como podían vivir sin hacer nada, digo sin trabajar, su vida se resumía en: partidos televisivos de futbol, comer, bañarse después de tener sexo salir a bailar y de vez en cuando a tomar un café en la esquina del hotel, aquí me detuve ¡horror! Yo estaba viviendo como ellos.
Asistí a la cita con la única ropa más o menos presentable que tenia limpia y sin planchar, ya era un hecho en aproximadamente 3 o 4 días comenzaría a trabajar. Entonces empece a tener dudas si aceptar el trabajo o no, por el momento mi situación económica estaba resuelta, y ¿para mi amado negrito, chile poblano, jefe de la mafia Africana, estaría bien que su mujer trabajara?. En que ser me estaba convirtiendo, no encontraba algo que justificara la forma en la que estaba viviendo, claro esta que nunca me han gustado los trabajos formales, ni las asfixiantes 8 horas de encierro que se transforman en 10, con una hora de comida, sin pago de horas extras, me gustaba sentirme dueña del tiempo, ¿pero ahora que estaba sucediendo? Hacia mucho que no cogía un lápiz y papel para dibujar estaba dejando lo que yo llamaba mi pasión, lo único que sabia con certeza que me gustaba hacer, así que deduje que era una maldita depresión más, que comenzó al tercer mes de estar sin trabajo cuando el material para hacer xilografías comenzó a terminarse, cuando los últimos 100 pesos ahorrados se habían ido el sábado en la noche cuando conocí a Tingama, cuando sus brazos rodearon mi cintura obligándome a moverme al obsesivo ritmo de no me sueltes, no me dejes caer al cursi pensamiento de que este momento no acabe, y efectivamente ahí no término. Pensando en esto me quede dormida, hasta que la tocata que sonaba en el celular me despertó. Conteste y nada, solo un seco zumbido que me produjo un escalofrío, después los ansiosos toquidos en la puerta me hicieron sentir el nudo en el estomago, abrí la puerta y ahí estaba ese tipo de nombre impronunciable, de un empujón penetro al cuarto y comenzó a vociferar cosas incomprensibles para mi, que buscaba, que tiraba cosas, vi ropa, libros dólares volando por la habitación, el negro 1.90 manos grandes, cogió una caja de ligas, entonces le grite.
-Tingama no esta, nooo esta.
Estúpidamente trate de arrebatarle las ligas; oscuridad
El hambre y el dolor me despertaron, la penumbra me atemoriza, entre al baño y mire mi cuerpo amoratado, mi rostro despellejando sangre seca, las lagrimas se confundían con el agua que salía de la regadera. -Ahora si me voy- pense y a cada momento nace la misma duda ¿qué día es hoy?. Temblando guarde en una bolsa algunas de mis cosas que logre identificar ver con el ojo miope, no es fácil, el otro el bueno estaba totalmente cerrado. -Ahora si me voy- dije como si Tingama pudiera oírme. salí esperando encontrar la acostumbrada algarabía de mis vecinos, ni madres, los pasillos se encontraban totalmente en silencio, al llegar a la puerta de entrada el viejo de la recepción me miro con lastima, no podía irme, la autodestrucción me jalo de nuevo al cuarto, olvido el hambre y el dolor, por que es más grande mi confusión, enciendo el televisor. -Carajo, hoy comenzaba a trabajar.- los toquidos en la puerta me hacen volver a la realidad.
-Señito el cuarto vence mañana a medio día.
Pues si, salí del hotel y de aquella irrealidad. Esta mañana regrese a casa con la incertidumbre de si en verdad la comunidad africana existió o si todo ese tiempo viví inmersa en otra época, en otro espacio, pero sobre todo me queda el consuelo de que mañana es domingo y me levantare muy temprano a comprar el periódico.
Era preferible llegar caminado, así no correría el riesgo de que algún conocido se enterase de lo que intentaba hacer al ver su auto estacionado fuera de aquel lugar, un poco avergonzada y pensando en el que dirán, cruzó la puerta de espejos, esta ocasión no se detuvo a verse, no le importo que su ropa no luciera impecable, no busco un manchón de maquillaje de más sobre su rostro, ni un mechón de cabello escurridizo que hubiera transgredido la forma del peinado, se acerco con timidez al escritorio de informes.
-Buenas tardes señorita, soy la señora Tirso, y tengo cita.-
-Por favor pase a la sala de espera.- la recepcionista la examino de abajo-arriba.- Ahí encontrara algunos catálogos sobre nuestros servicios.
Ahora se sentía más incomoda, al darse cuenta de la mirada chocosa de aquella mujer, y penso:
-El doctor debería de hacerle un descuento y operarle la nariz o los ojos.-
dejando como huellas el eco de sus zapatos, caminó hacía los catálogos, espeluznantes carpetas de gran tamaño, atiborrados de fotos que mostraban rostros y cuerpos, el clásico antes y después , la carpeta se componía de varias secciones: arte griego, con una etiqueta en rojo que decía: discontinuado, renacimiento, impresionismo, matel. Se detuvo en esa sección.
-Ha ya entiendo, modelo Barbie.
Miró con detenimiento las imágenes del antes y después hasta se detuvo a leer uno de los comentarios: “yo era una mujer muy infeliz, me aterraba salir a la calle por miedo a despertar burlas, no me atrevía a mirar a los hombres a los ojos, pensaba que era una horrenda masa de carne, pellejos y grasa, pero ahora, después de la cirugía, soy la persona más feliz de este planeta, me ha vuelto la ilusión de casarme y disfrutar de la vida, eso si, sin tener hijos, que estropearían mi perfecta figura de Barbie amazona….”
Dio vuelta a la pagina, no podía seguir leyendo semejantes tonterías, por un instante dudo, y quiso salir como si ella fuera un alimento mal masticado, dentro de ese consultorio, que momentos atrás la había tragado con agrado. Cerró los ojos, y ahí estaba la vocecita de su cabeza.
-Mira ahora que has enviudado, que tienes el dinero que te dejo el maldito viejo pasa de tu marido, tómalo como un pago a todo ese tiempo de frustración sexual, de represión, de ser más hija, sirvienta, puta y enfermera, que esposa.
Una lagrima caliente, espesa salió de uno de sus ojos, inmediatamente buscó un pañuelo en su bolso, llorar en un lugar publico, era algo que no podía permitirse, emoción restringida que seguramente le costaría un constante dolor de cabeza.
Siguió mirando las duras hojas que contenían más títulos, más fotografías, más historias, de vidas completamente satisfechas, hojas que pasaban ante sus ansias, que se detenían a cada título, Goya, Degas, Boticelli, Da Vinci, ¡Botero!
-Hay Dios, ¿quién podría desear una figura así?
No haciendo caso a su morbo, siguió consultando aquellos cuadernos en los cuales nunca encontró el modelo añorado, pero ella siempre tan precavida, saco de su agenda un viejo recorte, quizás de una revista Vogue, en donde las mujeres de todo tipo de clases sociales se entretenían con chismes de famosos, con modas, artículos científicos, y por supuesto un poco de arte para estar bien enterada de lo que ocurre en el mundo, por que es importante pasar como una dama inteligente ante los demás. Desdoblo aquella hoja, ya amarillenta, ya con manchas de viejos llantos, miraba aquella imagen, soñando con el futuro, adaptando un vestuario que hiciera resaltar su nueva figura, ya no seria más la piernas de rumbera, como solía decirle el difunto, con esas pupilas incoloras, resbalándose en la lujuria del momento que nunca llego a concluirse, ojitos que la hacían sudar se repulsión, ahora nadie podría creerle que su madre la hubiera dado a aquel hombre a cambio de una casa. Se levanto, ya no quería regresar una vez más a sus eternos dolores, esos que la hacían regresar a su truncada adolescencia, a aquella casa en Morelos, a aquella lluviosa tarde de septiembre, en la que esperaba al viejo, pidiéndole al cielo que lo fulminara de un certero rayo, el desconsuelo le hacia sentirse anestesiada, completamente insensible al dolor físico, no podía soportar más, tomó el cuchillo con el cual había pelado la naranja que arranco del pequeño árbol, y se hirió los brazos para transmutar el dolor.
La puerta se abrió y vio salir a una mujer muy parecida a ella, bajita de senos grandes, caderas anchas, morena, que dejaba ver un tatuaje de flor de liz en una de sus pantorrillas.
-¿Señora Tirso?- Pregunto el doctor.
-Si, soy yo- contestó ella.
-Pase por favor.
Ella noto un parecido acuoso con los ojos de su marido, sintió ganas de vomitar.
-Siéntese por favor, espero que ya halla visto nuestros catálogos.
-Si, gracias.- contesto casi para si.
-¿Y encontró lo que busca?
-Pues la verdad no.
-Pero tiene alguna idea ¿verdad?- le dijo mientras pensaba que la mujer era una perfecta replica de Diego Rivera.
-Por supuesto.- Contesto con firmeza al tiempo que le dio la imagen que llevaba.
El doctor desconcertado, miro por algunos minutos, la representación de “La crucifixión” pintada por El Greco.
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